PENSANDO EN TI.
Ahora entiendo Señor, tus horas de angustia, ahora se cuánto sufriste... Ahora, cuando miro la angustia en los ojos de una anciana y las lágrimas en los ojos de un niño, entiendo el sudor de tu frente, el sosiego en tu corazón, el latir apresurado de tus entrañas queriendo retirar el calíz del terror, el calíz del dolor... Ahora te entiendo, Señor...
Cuando predicabas la palabra, todos te escuchaban, pero nadie te entendía, tú eras la luz, pero nosotros siempre estábamos en la oscuridad, nos abriste los ojos, pero continuamos siendo ciegos, nos das la vida, pero preferimos morir. Dijiste: levántate de tu camilla y anda, pero preferimos arrastrarnos en la inmundicia del pecado, nos enseñaste a ser libres, pero preferimos seguir siendo esclavos.
Qué terca es la humanidad, qué fácil es encontrar el camino cuando se nos abre frente a cada uno con mucha luz y amplitud, pero los necios no ven, no entienden, no obedecen, sólo caminan sin pensar, sin mirar que muy cerca hay un abismo... Seguimos siendo ciegos, seguimos siendo esclavos, seguimos siendo paralíticos...
La verdad es la puerta para entrar a la eternidad, la verdad nos hace libres y podemos ver con claridad el camino a seguir, solo es cuestión de escuchar la palabra mágica, esa palabra que brota de nuestros corazones, solo hay que dejar que los buenos sentimientos nos lleven a la necesidad de comprender a nuestro hermano, a amarlo y no hacerle daño, a tratar de entender su dolor, su alegría y sus necesidades... Es tan sencillo y tan humano...
El mandamiento más grande es: amarnos los unos a los otros, que difícil es poder entender la necesidad del que está sufriendo?. Es tan elemental dar la mano y sacar del pozo al caído, dar de comer al hambriento y vestir al desnudo nunca aprovecharnos del poder, no humillar, ser humildes. La humildad no es pobreza, es amor por nuestros hermanos, es la necesidad de servir al semejante...
Por: Rosalba Artunduaga Marlés
Abril 9 del 2020.
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