RECUERDOS DE INFANCIA

RECUERDOS DE INFANCIA.

En mis sueños siempre recorro mi pedazo de terruño, esa finca que amé y en la que transcurrieron los mejores días de mi niñez, de mi juventud, esos días en los que sólo conocía árboles, caminos empedrados, hermosos ríos caudalosos, donde sus fuerzas se juntaban en uno sólo dando la majestuosidad de un espléndido caudal.

Recordar la vieja casa, construida de madera, tablas y astillas, pasillos estrechos cercados de guaduas, hermosa vista a lo más espeso de la montaña, en donde al amanecer se escuchaba toda clase de cantos de pájaros y chicharras; rugidos de animales, como el tigre que muy temprano en el atardecer nos saludaba en lo alto de una palmera.

Pasaron los años y con ellos pasaba de ser niña a adolescente, sueños y anhelos cargados de muchas esperanzas que empezaron a rondar mi corazón de soñadora... Esto lo saben los viejos troncos del patio y los árboles frutales, a los que cómodamente subía a disfrutar de sus delicias. 

Se construyó una casa grande de material y techos de eternit, cuartos para cada uno de mis hermanos, incluyendo el mio, el cual recuerdo y sueño mirándolo intacto, con su lindo altarcito al  fondo en donde nos juntabamos fervorosos a rezar el Santo Rosario, mis abuelos, hermanos, papá y mamá.

Recuerdo cuando me enviaban a bañar a los caballos, luego de trabajar duramente en la molienda o sacando alguna carga a la  carretera central, los montaba en pelo, disfrutando la sensación de sentir su piel y su loca carrera al río, luego con su piel aún mojada, volvía a montarlos para seguir disfrutándolos.

Durante mis tiempos de juventud, mis hermanos y yo, solíamos montar a caballo; invitabamos  a amigas de fincas cercanas y nos dirigíamos a las orillas de los ríos para disfrutar una buena merienda o una animosa charla de amigos. 

Hermosas montañas surcaban las praderas, en donde el valle formaba una sólida alfombra verde llena de vida y frescura para el ganado, muchos árboles frutales con sus dulces frutos, los cuales disfrutábamos como caramelos, porque el campo y la naturaleza era para nosotros más que una ciudad, de las que tanto hablaban nuestros familiares y amigos.

Tardes espléndidas, noches de emociones, en donde papá nos contaba, hasta altas horas de la noche, cuentos de las Mil y una noche, juegos inocentes que disfrutábamos con el hermoso esplendor de la luna, canciones melodiosas que al acorde de una guitarra mamá cantaba y a su familia deleitaba.

Fueron hermosas vivenvias que aún persisten en mis noches de sueños y que al despertar me gustaría  encontrarlos y volver a vivir esos momentos llenos de emociones y alegrías y que nunca se fueran de mi mente... ni de mi vida.


Por: Rosalba Artunduaga Marlés


Mayo 25 del 2020.

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